Pruebas

Fascinación por las pirámides. Arqueología y turismo en México

2026-04-08

Reseñó: Itzel Mejia Bautista

Eréndira Muñoz Aréyzaga. Fascinación por las pirámides. Arqueología y turismo en México. Universidad Autónoma del Estado de México, 2023, 306 pp.

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A lo largo de este recorrido, el libro ofrece una mirada amplia y bien documentada sobre la evolución de los viajes, los principios del turismo y su relación con la arqueología. Mediante el análisis de distintos contextos culturales —desde el México antiguo y las crónicas del siglo XVI, hasta Europa y finalmente el mundo contemporáneo— la autora construye un panorama histórico que permite comprender cómo estas prácticas han cambiado y perdurado a lo largo del tiempo.

Se construye una narrativa continua sobre la naturaleza de estos primeros viajes a lo largo de distintos momentos históricos. Una de las aproximaciones más interesantes que plantea la autora es que algunos viajeros nunca visitaron realmente los lugares que describían, sino que elaboraron sus relatos a partir de imaginarios. Esto ocurrió, con ciertas crónicas de la conquista que narran características sobre los pueblos indígenas, sus riquezas y sus habitantes —su modo de vida, costumbres, cultura, territorio y cosmovisión—.

Durante los siglos XVI y XVII, el coleccionismo europeo estuvo profundamente influido por los objetos expropiados o recibidos como obsequio de las sociedades prehispánicas. Estas piezas llegaron a Europa con el propósito de ser estudiadas, explicadas, observadas y admiradas. Su presencia despertó una enorme curiosidad tras el descubrimiento del Nuevo Mundo, lo que motivó a la aristocracia a exhibirlas en gabinetes y colecciones privadas.

Un ejemplo destacado es el llamado tesoro de Moctezuma, que Hernán Cortés recibió en Veracruz antes de llegar a Tenochtitlan. En 1520, Carlos V ordenó enviar estos objetos a territorio europeo para mostrar las riquezas de las tierras recién descubiertas y conquistadas. Bajo su mandato, las piezas fueron expuestas en ciudades como Sevilla, Toledo, Valladolid, Tordesillas y Bruselas, donde causaron gran admiración y contribuyeron al auge del coleccionismo de antigüedades.

De este modo, la autora muestra cómo los motivos, percepciones e imaginarios de los viajeros han cambiado a lo largo del tiempo. Asimismo, evidencia que los objetos trasladados a Europa alimentaron el coleccionismo y dieron origen a las primeras compilaciones y catálogos, algunas de las cuales quedaron registradas en las notas de viajeros que realizaron el Grand Tour. Estos hechos marcaron un precedente fundamental en la conformación de los museos, entonces denominados cámaras o gabinetes de maravillas, espacios donde los visitantes buscaban entretenimiento y placer a través de la observación.

Para el siglo XVII se inicia del turismo moderno a partir del Grand Tour, un viaje realizado principalmente por jóvenes ingleses cuya motivación central era adquirir conocimiento mediante la experiencia directa. El propósito de estos recorridos era recuperar la memoria europea a través del contacto con diversas culturas. Bajo estas características, comenzó a desarrollarse la infraestructura necesaria para el hospedaje y el transporte, sentando las bases de la industria turística moderna.

De igual manera, a lo que hoy se denomina patrimonio arqueológico inmueble, como los templos, algunos viajeros los describían como símbolos de “salvajismo”. Esta percepción negativa surgía de los relatos sobre las ceremonias que allí se realizaban, especialmente las prácticas de sacrificio humano, interpretadas desde una mirada europea que las consideraba monstruosas. En consecuencia, ciertos testimonios contribuyeron a construir narrativas que reforzaban la idea de un supuesto salvajismo asociado a los templos donde se llevaban a cabo dichos rituales.

Tiempo después, los criollos comenzaron a interesarse por rescatar la historia antigua, aun cuando muchos templos habían sido destruidos y gran parte del patrimonio había sido dispersado o perdido. Este esfuerzo por recuperar el pasado prehispánico formó parte de un proceso más amplio de construcción de identidad y revaloración del legado indígena.

Esto fortaleció un discurso que buscaba diferenciarse de la corona española y que, con el tiempo, dio lugar al surgimiento de una idea de nación. Es importante señalar que este nacionalismo implicó una lucha de poderes entre los criollos y la monarquía española, y que dicho movimiento se consolidó hacia finales del siglo XVIII.

Asimismo, las órdenes religiosas desempeñaron un papel fundamental por recuperar el pasado indígena a través de diversos textos. También los criollos comienzan a ver el pasado prehispánico como un elemento identitario, lo cual generó dos vertientes indicadas por la autora: por un lado, la visión de los pueblos indígenas como evangelizados, vencidos y empobrecidos; y por otro, la revaloración de lo que habían sido antes del contacto con los europeos.

Las obras urbanas ordenadas por el conde virrey de Revillagigedo en la Ciudad de México propiciaron que, durante los trabajos de nivelación del terreno, se hallaran importantes esculturas mexicas, entre ellas la Piedra del Sol, conocido como Calendario Azteca, la Piedra de Tizoc y la Coatlicue. Esta última fue resguardada en la Real y Pontificia Universidad, lo que da origen al primer museo en la Ciudad de México y el inicio de un esfuerzo institucional por proteger y conservar estas piezas. Tanto los hallazgos como su posterior resguardo sentaron un precedente fundamental para la conformación de espacios dedicados a la preservación del patrimonio arqueológico.

En 1825 se creó el Museo Nacional Mexicano, cuya función principal era exhibir los monumentos del pasado prehispánico, anteriores a la invasión española, con el objetivo de difundir la historia de México. Años más tarde, durante el régimen del Porfiriato, se estableció un compromiso público para financiar los hallazgos, las investigaciones y las narrativas destinadas a su difusión. Asimismo, se impulsó la necesidad de crear mecanismos legales para la conservación, el registro y la exploración arqueológica. En 1885 se dio un paso fundamental con la promulgación de la Ley Relativa a los Monumentos Arqueológicos, que por primera vez protegió el patrimonio mueble. Esta legislación estableció como funciones principales la conservación, el registro, la exploración y la tipificación de la destrucción de monumentos como delito.

La autora señala que, en este periodo, la arqueología comenzó a desarrollarse en dos ámbitos complementarios: el académico y el práctico. En el ámbito académico, el Museo Nacional Mexicano desempeñó un papel central al impulsar la cátedra de arqueología y promover la aplicación de métodos de excavación, así como el análisis tipológico de los materiales recuperados. En el ámbito práctico, se avanzó en la reinterpretación de los monumentos mediante procesos de restauración, con el propósito de adecuarlos para la visita pública. En este punto ya se observa un vínculo claro entre la gestión del patrimonio mueble y su atracción para el público. Como resultado, las primeras zonas arqueológicas abiertas al público fueron Teotihuacán, Xochicalco y Mitla, las cuales fueron acondicionadas como atractivos turísticos a inicios del siglo XX.

Durante el gobierno de Porfirio Díaz, Leopoldo Batres llevó a cabo excavaciones en Teotihuacán. A partir de estos trabajos comenzó a configurarse una oferta de servicios turísticos en la zona, que incluyó la construcción de un hotel y la apertura del restaurante La Gruta. Ambos espacios se consolidaron como atractivos turísticos que combinaban el interés arqueológico con una experiencia gastronómica situada dentro del entorno de la zona arqueológica. En este contexto, el régimen porfiriano concibió el turismo como un motor del desarrollo económico. Bajo esta perspectiva, diversos actores —tanto públicos como privados— impulsaron la construcción de México como destino turístico. En este proceso, el patrimonio se transformó en un atractivo estratégico alrededor del cual se articularon redes económicas y políticas.

En 1939 se creó el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). La autora señala que una de las justificaciones vinculadas a su fundación fue el impulso al turismo, pues los resultados científicos derivados de las exploraciones e investigaciones arqueológicas e históricas generaban bienes materiales considerados patrimonio mueble e inmueble. Estos, a su vez, incidían en la vida económica del país, reforzando la idea del turismo como motor de desarrollo. Durante la década de 1940, el INAH comenzó a desarrollar de manera sistemática sus funciones en torno al patrimonio arqueológico. Entre ellas se encontraban la exploración, vigilancia, conservación y restauración de sitios y monumentos arqueológicos, así como la investigación científica y la publicación de obras especializadas.

Con este panorama se puede vislumbrar que la arqueología y el turismo son disciplinas que se encuentran interrelacionadas. En muchos casos, el turismo impulsa la gestión y el desarrollo de nuevos destinos, mientras que la arqueología aporta el conocimiento, la investigación y el contexto histórico. De este modo, el libro no solo reconstruye la historia del viaje, sino que también revela la profunda relación entre arqueología, turismo y la construcción cultural del pasado y nos invita a reflexionar sobre retos actuales en la gestión del patrimonio y la necesidad de equilibrar su valor cultural con las dinámicas turísticas que van rodeando el patrimonio.