Reseñó: Alexis Fernando Oliveroz Osorio
Júpiter Martínez Ramírez. Travesía hacia el desierto. Anecdotario de un arqueólogo en la Sonora de los siglos XX y XXI. Cacciani, 2012, 134 pp.
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En este libro se abordan algunas experiencias del trabajo de campo del autor en el noroccidente de México, particularmente sobre la tradición arqueológica de Trincheras. Los habitantes de esta tradición poblaron gran parte de la Cuenca del río Concepción, en Sonora y elaboraron una sobria cerámica café basada en diseños con pigmentos púrpuras obtenidos de la mezcla de la hematita con otros minerales del entorno sonorense. La mayoría de ellos fabricaron sus casas sobre terrazas adyacentes o sobre cerros, desde donde obtenían una vista privilegiada de la zona, los vientos eran más frescos y posiblemente fueron sitios defensivos.
Es el Cerro de Trincheras la única zona arqueológica abierta al público en el estado de Sonora y posiblemente una de las más visitadas en el septentrión del país. Está compuesta por aproximadamente 900 terrazas y cuenta con dos áreas ceremoniales: la pública (la cancha) y la privada (Plaza El Caracol). En el transcurso del libro, la narrativa se convierte más íntima y subjetiva, pues el autor marca sus impresiones personales en dichas geografías. Por ejemplo, para él, 20 minutos de ascenso a una colina es un reto complicadísimo. Algo que para algunos puede ser extremo, para otros podría ser bastante liviano o de mediana dificultad. Ahí que el texto se convierte en un anecdotario, pero no por esto es menos importante. Considero que los testimonios de Martínez quiebran la romantización hollywoodense existente del trabajo de campo del arqueólogo.
Hay dos serias problemáticas que reconoce el autor en sitios como Cerro de las Trincheras. Primero, existe el riesgo de colapso de algunos muros y estructuras arquitectónicas. Segundo, es el ataque de una víbora de cascabel. Incluso perder de vista a compañeros de trabajo durante el recorrido de superficie puede representar severos problemas. Aprender de las tradiciones locales por más ajenas que puedan parecer puede ofrecer grandes beneficios. Tal es el caso de la costumbre de tomar café bien caliente al punto máximo del sol.
No obstante, el mayor peligro de trabajar en el desierto consiste en la deshidratación. Cargar menos de 2 litros de agua en cada caminata resultará contraproducente y hasta mortífero. Incluso cuando no se beba tanta agua, el tener un líquido de reserva es ventajoso para otros compañeros y/o para los vehículos de carga.
Aun cuando las condiciones climáticas son extremas, la riqueza arqueológica de la región es vasta. Ejemplos no faltan. Hay sitios arqueológicos de distintas temporalidades. La Playa es un sitio espectacular perteneciente al Paleoindio. Aparte de encontrar materiales líticos asociados a la cultura Clovis, en la Playa también hay evidencia de 4 geoglifos trazados al negativo con representaciones de una estrella, una espiral, un rectángulo y una flecha doble. Ya en el Desierto de Altar y en la Reserva de la Biósfera del Pinacate, hay bastantes geoglifos que nos recuerdan por su diversidad a los elaborados en Nazca, Perú. Dichas materialidades fueron elaboradas durante siglos a partir del periodo de Agricultura Temprana [1000 d.C.]. Otra demostración de adaptación y supervivencia es la variedad de veredas rudimentarias que conducen a tinajas de hace miles de años, típicas de pueblos como el o’odham.
Finalmente, Martínez cuenta una experiencia que pudo terminar muy mal cuando se enfrascó, junto con un colega, en una expedición arqueológica en el septentrión mexicano. En tal ocasión quedaron atrapados en su vehículo entrada la noche hasta que recibieron apoyo local. Planificaron mal los tiempos, la distancia y subestimaron al desierto. Por tal motivo, es vital emprender una lista de insumos y materiales necesarios en el trabajo de campo. En fin, la experiencia de Martínez es una invitación sugerente para los arqueólogos que se inician en las actividades prácticas tan demandantes como lo son los recorridos de superficie y la excavación.
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