31 de octubre de 2016

Cada una de las osamentas posee algún objeto a modo de ofrenda. Fotos Melitón Tapia INAH.

Cada una de las osamentas posee algún objeto a modo de ofrenda. Fotos Melitón Tapia INAH.

Bajo las capas de un terreno yermo próximo al Acueducto de Guadalupe, un equipo de la Dirección de Salvamento Arqueológico (DSA) del INAH ha trabajado los últimos seis meses en la recuperación de decenas de esqueletos extendidos que viran al oeste y al norte. Hasta la semana pasada, los restos óseos correspondían a 145 individuos —en algunos entierros se hallaron dos o tres esqueletos—, pero no se descarta localizar un número mayor en este espacio.

Mientras camina por un suelo frío y compacto sobre el que se distribuyen sorprendentemente alineadas las osamentas —impresión a la que ayuda la división del área en cuadrículas de 2 por 2 m—, la arqueóloga Estibaliz Aguayo Ortiz, quien coordina el proyecto de salvamento, comenta que se trata de la zona de enterramiento de la antigua aldea de Zacatenco, la cual fue habitada hacia el periodo Preclásico Medio, entre 800 y 500 a.C.

Ha sido en poco más de 1,000 m2, en la parte centro-norte de una superficie total de 19,500 m2, donde los especialistas han concentrado sus labores realizando un registro minucioso basado sobre todo en fotografías con vistas ortogonales (en diferentes planos) de los contextos, que más adelante les permitirá hacer una reconstrucción fidedigna de los mismos.

La estratigrafía parece indicar que “se trata de un mismo periodo de inhumación, algo provocó que este lugar fuera usado de forma súbita como zona de enterramiento, incluso en algunos puntos se sobrepusieron entierros. Esto lo vamos a sustentar o descartar con estudios palinológicos de los sedimentos y de patologías en hueso. Tal vez hubo alguna sequía u otro factor de cambio ambiental, lo que explicaría el por qué esta mortandad, sobre todo infantil”, señala la investigadora.

Fue hacia 1935 que el arqueólogo estadounidense George Vaillant reportó el sitio de Zacatenco. Tres décadas después, William T. Sanders, Jeffrey R. Parsons y Robert S. Santley volvieron a registrar éste y otros lugares mediante recorridos de superficie en el sur de la Sierra de Guadalupe, asentándolos en su obra colectiva: The basin of Mexico: ecological processes in the evolution of a civilization.

La exploración del espacio funerario de la aldea de Zacatenco es una oportunidad importante para los siete arqueólogos y tres antropólogas físicas que trabajan en él, porque desde hace más de 50 años no se había localizado uno similar, con una muestra poblacional considerable: 60 adultos, 40 infantes y el resto neonatos y subadultos, que ayudará a conocer las condiciones de vida de los habitantes del norte de la Cuenca de México, hace más de 2,500 años.

“Si consideramos que una aldea del Preclásico Medio contaba con una población de entre 5 y 6 mil habitantes, sin duda tenemos una muestra representativa con estos 145 individuos que hemos localizado, a los que se suman cuantiosos artefactos dispuestos como ofrenda.

Figurillas localizadas. Foto Melitón Tapia INAH.

Figurillas localizadas. Foto Melitón Tapia INAH.

“Algo que es de mi interés —continúa la arqueóloga de la DSA— es la posibilidad de reconstruir el límite norte del Lago de México, lo cual podemos hacer a través de la estratigrafía y la ocupación del sitio. Estudios similares se hicieron para los sitios de Tlatilco y Tlapacoya, que son del periodo Preclásico Temprano y Tardío —respectivamente—, eso fue en los 60 y ahora tenemos la ventaja en Zacatenco de trabajar con una población amplia”.

Los estudios de gabinete posteriores pueden llevar a inferir múltiples aspectos. El análisis osteológico indicará quiénes eran los pobladores más tempranos de Zacatenco, su procedencia, si vivieron en el mismo lugar donde terminaron sus días, sus patologías, su filiación genética, e incluso se podrá obtener un fechamiento más preciso, el cual por ahora se da mediante la asociación de cerámica típica de las fases Ticomán-Zacatenco.

El análisis de la paleodieta también abundará en el conocimiento sobre el uso que dieron los pobladores de Zacatenco a  los diversos recursos de la Cuenca de México.

Asimismo, las investigaciones en torno a las materias primas de los artefactos asociados a los entierros: conchas y huesos de animales trabajados, obsidiana gris y distintas piedras verdes, entre ellas serpentina, brindarán información acerca de las redes de intercambio con otras zonas geográficas.

En la unidad de excavación que los arqueólogos están por finalizar, se observa más de una decena de osamentas, y cada una de ellas posee algún objeto a modo de ofrenda: una olla lustrosa acomodada a la altura de la clavícula; un punzón de hueso hacia el metatarso; alguna cuenta de piedra verde o de concha en el maxilar; un sartal hecho de colmillos de cánido que yacen entre los fémures de otro individuo.

Estibaliz Aguayo comenta que sobre varios entierros, entre ellos los de una mujer embarazada, se vertió un polvo rojo que podría ser hematita o cinabrio. También destaca un infante que fue ataviado con una especie de peto conformado por 162 placas de concha.

“Aunque las ofrendas sean marcadores de estatus, no podemos ver una diferenciación social tan clara. Cabe recordar que el Preclásico se caracteriza por sociedades jerarquizadas, regidas por relaciones de reciprocidad. No hablamos de Estados”.

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La exploración del espacio funerario de la aldea de Zacatenco es una oportunidad importante. Foto Melitón Tapia INAH.

La exploración del espacio funerario de la aldea de Zacatenco es una oportunidad importante. Foto Melitón Tapia INAH.

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