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Dr. Jorge Angulo Villaseñor, Medalla al Mérito Manuel Gamio. Foto Cuauhtémoc Alcántara CNA-INAH

El tiempo se ha ralentizado para el arqueólogo Jorge Angulo Villaseñor, quien afirma que a lo largo de seis gratas décadas de labor en el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), ha podido acceder y comprender los miles de años que fueron necesarios para dar forma a la actual nación mexicana.

Galardonado con la Medalla al Mérito Manuel Gamio durante la 6ª Mesa Redonda de Teotihuacan —reconocimiento instituido en esta edición del encuentro académico, y entregado igualmente al arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma—, el investigador emérito del INAH aseveró que una virtud de la disciplina a la que ha dedicado su vida, es que le ha permitido estudiar desde los primeros grupos de cazadores-recolectores, hasta las comunidades indígenas y las poblaciones urbanas de la actualidad.

“Mi trayectoria profesional ha sido un continuo aprendizaje sobre cómo se transforma una comunidad, cómo se transforma un país, cómo se transforma una institución y cómo se transforman las personas”.

Luego de agradecer la sorpresiva pero bien acogida distinción hecha por el comité organizador de la mesa, el arqueólogo compartió con sus pares la conferencia magistral titulada Dos sectores de desarrollo cultural registrados con mayor énfasis en las investigaciones sobre la etapa Preclásica mesoamericana.

A partir de este breve título —según acotó entre risas—, recolectó algunos de los acontecimientos que llevaron justo a ciertas poblaciones de cazadores-recolectores a migrar y entremezclarse con otros grupos en el territorio del Altiplano Central mexicano hasta conformar las sociedades y las culturas que, a su vez, darían origen a la civilización teotihuacana.

Expuso así que a lo largo del periodo Preclásico, cuyo horizonte temporal antecede en hasta dos milenios a la era cristiana y termina justo cuando ésta principia, hubo dos grupos que evolucionaron de manera notoria: por un lado las poblaciones macromayenses, es decir, los mixes-zoques, chontales y tojolabales, entre otras, que ocuparon áreas del actual México, como el Soconusco hasta territorios de lo que hoy es El Salvador; y por el otro los otomíes, pames, mazahuas y demás comunidades de filiación macro-otomangue, que prosperaron en lo que se denominaría luego el centro de Mesoamérica.

“En algún momento, estos dos grandes troncos culturales cohabitaron un mismo territorio, lo que permitió que con el paso tiempo se crease una nueva cultura con sus propias particularidades”.

Esa unidad, según la definió Jorge Angulo, evolucionaría dentro del Altiplano Central hasta alcanzar un nivel de sofisticación tan alto que permitió el surgimiento de la Ciudad de los Dioses y, aventuró, sentó el camino de interacciones que siglos más tarde vería surgir a la nación mexicana.

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Entrega de la Medalla al Mérito Manuel Gamio al Dr. Jorge Angulo Villaseñor. Foto Cuauhtémoc Alcántara, CNA-INAH

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