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La superficie de todas las efigies fue analizada con un microscopio digital de 200 aumentos, gracias al cual se pudieron registrar los restos de color almacenados en los poros de la piedra. Cortesía PTM-INAH.

Mediante el análisis de la policromía en escultura en piedra para obtener información valiosa no detectable a simple vista, se ha revelado la compleja identidad de nueve tallas con más de 580 años de antigüedad descubiertas en las excavaciones del Templo Mayor de México-Tenochtitlan, un corpus escultórico que representa a los hermanos caídos de Coyolxauhqui, pero también a las deidades del pulque y de la lluvia.

Dentro del mito que recrea el ascenso del Sol encarnado por Huitzilopochtli y el ocaso de la Luna a través del cuerpo cercenado de Coyolxauhqui; los centzonhuitznahuah o 400 sureños —los hermanos arengados por la diosa para acabar con el dios de la guerra—, suelen ocupar un papel secundario, sin embargo, el arqueólogo Diego Matadamas, investigador del Proyecto Templo Mayor (PTM) del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), ha penetrado en los poros de estos personajes, para explicar su rebuscada filiación.

Hace 39 años, durante las primeras temporadas del Proyecto Templo Mayor, la arqueóloga Elsa Hernández Pons dio con las nueve efigies erguidas como parte de la excavación de una ofrenda de clausura. El contexto se halló sobre los peldaños de la Etapa III del Templo Mayor, que corresponde al periodo en que Tenochtitlan era gobernada por Itzcóatl (1427-1440 d.C.).

Diego Matadamas detalló que todas las esculturas visten un moño de papel en la nuca, dos orejeras cuadrangulares y un braguero en la cintura que cuelga por delante y por detrás. Cinco usan una diadema de turquesa y otro número igual la nariguera de los dioses lunares.

Se ha propuesto que estas efigies simbolizan a los centzonhuitznahuah y debieron estar dispuestas originalmente sobre la plataforma donde yacía, en tiempos de dicho gobernante, un monumento de la diosa Coyolxauhqui; esto para recrear el enfrentamiento de los seres lunares con Huitzilopochtli, de ahí que algunas esculturas portaban hachas de obsidiana en la mano derecha y otras figuraban protegerse el corazón con las manos sobre el pecho.

Cabe señalar que este conjunto escultórico debió estar vinculado a una representación más antigua de Coyolxauhqui, y no así a su representación más conocida: el monolito circular descubierto el 21 de febrero de 1978 y que data de la Etapa IVb (1469 d.C.) del Templo Mayor.

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El registro del color sigue una metodología muy precisa, cuyo resultado final es la creación de modelos digitales que ilustran la apariencia original que pudieron tener las esculturas. Cortesía PTM-INAH.

Matadamas explicó que a partir del estudio de la policromía de las nueve figuras antropomorfas que representan a los centzonhuitznahuah, en el que también colaboraron los especialistas Michelle De Anda Rogel, del PTM, y Martha Soto Velázquez, se observaron rasgos de las deidades del pulque y del agua, que muestran la integración de los conjuntos de dioses innumerables en la cosmovisión de los mexicas.

En principio se tomaron una serie de fotografías de alta resolución de cada escultura. Después, con el programa DStretch se crearon altos contrastes de las imágenes para poder resaltar las concentraciones de color que no son tan evidentes. Para corroborar estos datos se recorrió la superficie de cada pieza de manera puntual con un microscopio digital de 200 aumentos, en busca de residuos de color aislados en los poros de la piedra.

La información se registró en diagramas digitales creados con AutoCAD a fin de identificar patrones en la ubicación de los pigmentos y que fueron contrastados con imágenes de códices prehispánicos y coloniales, así como con otras esculturas, para hallar coincidencias. La última etapa del estudio consistió en la realización de modelos reconstructivos que muestran su probable estado original.

Durante el análisis, abundó el arqueólogo Matadamas, se encontraron diferencias en la aplicación del color. “En ocasiones estaba directamente en la piedra, mientras que en otros casos había una capa preparatoria de estuco sobre la que se aplicaron los diseños, independientemente de la técnica, los pigmentos se encontraron casi siempre en los mismos lugares”.

El rojo estaba en el rostro, manos, pies, orejas, orejeras y muñequeras. El azul en diademas, orejeras y brazaletes, así como en el pectoral de un par de ellas. El ocre en la boca, orejeras y pantorrillas, aunque en un caso se encontró sobre el torso. El blanco estaba en los moños, bragueros, muñequeras y narigueras. Por último, el negro apareció siempre en el cuerpo y el rostro.

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Con el plugin DStretch se crearon altos contrastes en fotografías de alta resolución de cada escultura. Esta herramienta digital hace posible observar de manera más intensa los colores. Cortesía PTM-INAH.

 

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Las nueve esculturas fueron encontradas por la arqueóloga Elsa Hernández Pons durante la primera temporada de excavaciones del Proyecto Templo Mayor. Foto Mirsa Islas. Proyecto Templo Mayor INAH.

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